25 mayo 2013

Un momento emocionante para Polonia

Lech Walesa está sentado en un coche firmando autógrafos. Tiene un aspecto pulcro y respetable, y no está tan grueso ni mal afeitado como de costumbre. Un montón de cámaras de televisión rodean el coche, pero él tiene poco que decir a la prensa que no haya dicho ya un centenar de veces antes. Al poco rato se lo lleva el chófer, dejando que los cámaras se fijen en su portavoz, quien inicia una improvisada conferencia de prensa en plena calle. Me recuerda a Latinoamérica, donde cientos de periodistas de todos los medios de comunicación posibles asedian a figuras públicas para que les pongan al día de la última crisis. 

Pero es un espectáculo inédito en un país comunista, donde temas tales se tratan siempre con más decoro. En la larga crisis polaca de este verano, éste fue sólo un episodio insignificante: el regreso a Varsovia de dos políticos de Solidaridad que habían visitado al Papa Juan Pablo II en su residencia veraniega de Castelgandolfo para recibir su bendición para todo lo que fuera necesario hacer después en Polonia. En el estado de total parálisis que vive este país, sólo el Papa tiene autoridad para tomar decisiones.

La atmósfera en Varsovia es extraña. Este es, aparentemente, el momento más emocionante que ha vivido Europa Central en medio siglo, y aún así, en pleno instante decisivo, la mayoría de la gente parece despreocupada y desencantada. Nadie se precipita a casa para ver las noticias de la televisión, ni se leen periódicos por la calle para saber hasta el último detalle de lo que está ocurriendo. En agosto de 1968, cuando los polacos intentaban desesperadamente saber por qué su ejército había invadido Checoslovaquia, recuerdo la atmósfera vibrante de especulaciones y debates. 

Parece como si este cambio inmenso y trascendental en potencia -eI primer Gobierno no comunista en Polonia en los últimos cuarenta años- ocurriera mientras la gente está ausente, comprometida de otra forma, mirando otros caminos. Es un fenómeno curioso que llama poderosamente la atención. Llegamos aquí desde Bucarest por avión, en el vuelo que hace diariamente un Tupolev polaco. El tiempo y los visados, esos dos obstáculos inherentes a todo viaje por Centroeuropa, significan que hay que renunciar al itinerario terrestre por Suceava, Czernowitz y Lvov. En el avión polaco ya casi estás en Polonia: mejores ropas, más vaqueros, más diversión. Los rumanos del baile han quedado muy lejos. Llegamos a Varsovia al mismo tiempo que varios miles de testigos de Jehová, que vienen a una convención. Abarrotan el aeropuerto y llenan los hoteles.

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